DIOS MIO ESCUCHAME

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lunes, 22 de septiembre de 2008

A que llamamos perseverancia





Elsabor de la sangre mezclado con el polvo y la arena de la calle saturaban los sentidos de Pablo. Esta vez había sido golpeado salvajemente, y parecía como si cada músculo de su cuerpo estuviera sujeto a una dolorosa contracción. Rápidamente intuyó que tenía la quijada rota. Las piedras que le habían lanzado los partidarios del judaísmo habían dado en el blanco. El apóstol se hallaba en serias dificultades (Hechos 14).

Pablo no podía imaginar cómo lucía a Bernabé y a aquellos que lo rodeaban y que estaban tratando de llevarlo a un lugar seguro. El espanto de sus rostros hablaba mucho más que lo que sus labios eran capaces de expresar. Había sido apedreado y dejado por muerto.

Es posible que a Pablo lo haya tentado el pensamiento de rendirse, pero de ser así fue sólo algo momentáneo. Aunque estaba en un estado intermedio entre la conciencia y la inconsciencia, Pablo sabía que rendirse a esos pensamientos equivalía a la derrota. No podía rendirse. Mientras sus pulmones pudieran respirar, tenía que perseverar por el bien del evangelio y, sobre todo, por la gloria de Cristo, su Salvador. Más tarde, escribiría: "De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús" (Gálatas 6:17).

¿Vale la pena la perseverancia? El apóstol Pablo creía que sí. Cuando de perseverancia se trata, no hay duda alguna de que Pablo tenía lo que hacía falta.

Después de haber sido apedreado en Listra, la Biblia nos dice que "se levantó y entró en la ciudad; y al día siguiente salió con Bernabé para Derbe" (Hechos 14:20). Lo que no está plenamente enfatizado es que Pablo volvió a entrar en la ciudad de Listra, nada menos que al mismísimo lugar donde había sido apedreado, dejándolo al borde de la muerte.

¡Qué perseverancia la de Pablo! Dios le había dado una tarea y no iba a rendirse. Cuando enfrentamos problemas y dificultades, la sola voluntad humana rara vez es suficiente para evitar el desánimo. Debe de haber algo más profundo dentro de nosotros que nos sostenga y aliente más allá de cualquier pensamiento de temor o fracaso. Para el cristiano, esta fuerza sustentadora es Jesucristo.

Sin la dirección y fortaleza que nos da Cristo, rápidamente cedemos a la tentación y abrigamos pensamientos de abandonar nuestros objetivos. Pero una perseverancia dirigida por Dios nos mantiene centrados en tiempos de aflicciones y dificultades.

A nadie le gusta el fracaso o el desengaño. Pablo no disfrutó la humillación pública que experimentó. No obstante, consideró este hecho horrible, y otros semejantes, como una oportunidad para identificarse con Jesucristo. Pablo sabía que cuando Jesús se enfrentó con el horror de la cruz no se rindió, y él tampoco podía hacerlo.

Cuál es nuestra motivación
El valor que demos a nuestras metas determinará la fuerza con la que perseveramos. Una de las acciones esenciales para alcanzar y mantener un sentido claro de perseverancia, es aprendiendo como mantenernos motivados. La motivación crea el ambiente adecuado que nos ayuda a lograr nuestras metas, y también proporciona la esperanza que necesitamos para permanecer centrados, no importa lo difícil que se vuelva la vida.

La vida de Pablo estaba motivada por el recuerdo de la experiencia que tuvo en el camino a Damasco. Fue allí que se encontró con el Salvador resucitado y donde el Señor lo comisionó para el servicio en el reino de Dios. El impacto de este acontecimiento cambió su vida para siempre. Cuando tenemos un encuentro con Dios, nuestra vida es transformada por siempre. Nos volvemos más sensibles a Sus planes y voluntad para nuestras vidas. En los momentos de comunión con Él, desarrollamos una profunda necesidad de conocerle y de experimentar personalmente la intimidad con Él. 

En el salmo 42:1, David escribió: "Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía". ¿Tiene usted hambre de conocer a Dios? ¿Siente pasión en lo más profundo de su corazón por Él? Al igual que David, Pablo tenía una gran pasión por Cristo, y este amor inextinguible lo motivaba cuando surgían las dificultades. Fue este amor imperecedero por Jesucristo lo que lo mantuvo en el camino correcto.

Cada uno de nosotros enfrentará ocasiones de derrota y fracaso. La manera como manejemos estas situaciones será crucial para nuestro crecimiento y desarrollo espiritual. Si nos desanimamos fácilmente cuando llega la adversidad, querremos salir corriendo en vez de mantenernos firmes y de tratar de superar nuestros problemas. Tenemos que entender que aún en los momentos de fracaso humano, Dios tiene un plan, y parte de éste tiene que ver con el testificar de su amor y perdón para con todos.

Dios puede permitir que experimentemos aflicciones, si eso nos acerca más a Él. Asimismo, puede que no nos evite el sufrimiento, especialmente si sabe que ello estimulará nuestra fe y nos llevará a confiar en Él. Tampoco eliminará todas nuestras congojas si sabe que al hacerlo drenaría la dulzura de nuestra comunión con Él.
La adversidad nos conecta con el corazón de Dios. Esta es la razón por la que las personas pueden alcanzar sus metas aún cuando la adversidad se vuelva demasiado fuerte.

Si Thomas Edison se hubiera desanimado con sus investigaciones para aprovechar la electricidad, jamás habría inventado la bombilla eléctrica. Por el contrario, Edison perseveró y, después de muchos ensayos y miles de horas en el laboratorio, llegó el día en que levantó el interruptor y la luz llenó un cuarto oscuro. Tenía motivación porque había en él pasión por alcanzar su objetivo. 

Tal vez usted ha experimentado recientemente un revés o una derrota, y tiene su mente llena con pensamientos de abandonarlo todo. Yo quiero desafiarlo a que no se rinda. Dios tiene un plan y un propósito para nuestras vidas. Pablo dijo: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Filipenses 4:13), ¡y lo mismo puede decir usted! Adopte estas palabras como parte de sus convicciones espirituales. No caiga en la tentación de alcanzar una meta o de satisfacer un deseo independientemente de Cristo. Si lo hace, se perderá la mejor parte de la vida cristiana: la oportunidad de tener una relación íntima con Dios y con Su plan para su vida.

Déle a Dios la oportunidad de enseñarle a perseverar y a no rendirse. Concédale la oportunidad de revelarse a usted, y descubrirá las cosas más profundas de Dios y las bendiciones que Él le ha reservado para que las disfrute.
La perseverancia nos enseña: 

-La diferencia que hay entre tener un fracaso y ser un fracasado. El ser apedreado no parece ser un hecho victorioso. Sin embargo, Pablo consiguió tener la perspectiva de Dios en cuanto a su situación y reconoció el valor de la misma. En tiempos de derrota, nunca sabemos lo cerca que estamos de la victoria.

-Que una prueba o un período de adversidad no significa que debemos dejar de buscar con afán nuestros objetivos.

-Que en todo fracaso, Dios ha plantado una semilla de éxito. El fracaso nos enseña a ser perseverantes y firmes en cuanto a nuestra vida y a nuestros deseos.

-A sepultar nuestros fracasos. Aprenda una lección de ellos, pero no los ponga en un marco ni los cuelgue en la pared de sus emociones, para estar mirándolos todo el tiempo.
-A nunca culpar a los demás por nuestros errores o dificultades. En tiempos de dificultad, necesitamos pedirle a Dios que nos muestre lo que Él quiere que aprendamos. Si les echamos la culpa a los demás por lo que estamos experimentando, no sólo no entenderemos la lección de Dios, sino que también perderemos la oportunidad de tener Su bendición para nuestras vidas.

Desarrollamos un espíritu de perseverancia cuando:
-Establecemos objetivos que exigen nuestros mejores esfuerzos.
-Permitimos a Dios que desarrolle Sus deseos dentro de nuestro corazón. Pablo no pidió ser misionero; ese pensamiento jamás le pasó por la mente hasta que conoció al Salvador. Después de eso, el amor de Pablo por Dios creció inmensamente. Dentro de él surgió el deseo de predicar el evangelio a judíos y a gentiles. Su visión crecía al mismo tiempo que aumentaba su intimidad con el Señor y comprendía que el amor de Dios era lo único que necesitaba en su vida.
-Mantenemos nuestra mirada puesta en Cristo, no en las dificultades que surgen en nuestra vida.
-Rechazamos dar oídos a la crítica.
-Buscamos una lección personal en tiempos de derrota. 
-Practicamos el autocontrol. La perseverancia nos exigirá que mantengamos nuestra mente enfocada en Cristo y en la meta, no en nuestros sentimientos. Los sentimientos no son el mejor barómetro emocional. Si usted quiere saber cómo le va en el logro de sus metas, pídale a Dios que se lo confirme a través de su Palabra.
-Creemos que podemos alcanzar nuestras metas.
-Confiamos en que Dios nos dará el poder para perseverar.
Tal vez usted nunca se ha fijado metas en la vida. Es posible que lo abrumen pensamientos de fracaso e incompetencia, pero Dios no lo ha abandonado, y nunca lo hará porque su amor es constante e incondicional. Nunca es demasiado tarde para buscar con afán la meta o sueño que tuvo antes en su vida. Yo lo desafío a resucitar cualquier meta del pasado que Dios le haya dado.

Sepulte todo pensamiento de derrota y fracaso, y reviva esos sueños y esas metas que Dios ha puesto en lo más profundo de su corazón. Luego dé un paso adelante para lograrlos, sabiendo plenamente que Cristo le dará el poder, lo fortalecerá y le proporcionará todo lo que usted necesita para lograr sus metas, no importa cuáles sean.


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